GUERRA EN SIRIA6

Taekwondo en un campo de refugiados sirios

Jordania - 2015/06/21 - Una escuela de Taekwondo en el campo de Zaatari busca brindar contención a los niños afectados por el flagelo de una guerra civil en su país.


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Zaatari (Jordania) es el segundo campo de refugiados más grande del mundo, el mismo acoge a mas de 85.000 refugiados sirios, y allí funciona una escuela de Taekwondo que busca darles a los niños una oportunidad para alejarlos un poco del horror que persigue su pasado.

A continuación les presentamos un excelente informe de seguimosinformando.com, el cual describe una impecable visión de nuestro deporte como herramienta de ayuda psicológica y física.

 

El Taekwondo de la resistencia

Al Barakat llegó hace dos años con su mujer y sus cuatros hijos al campamento de Zaatari, situado en Jordania y a tan sólo 10 kilómetros de su país, Siria. Atrás dejaba un panorama desolador: todo lo que conocía se lo había tragado la guerra. En su nuevo hogar, un habitáculo de chapa, olvidó cómo pronunciar las palabras antes o volver. Para este ex conductor de camiones su presente era el campo y encontró una manera de dar la vuelta a su destino: enseñar Taekwondo a una generación de niños marcados por la violencia. El objetivo: formar futuros líderes para la nueva Siria. Como él, más de 80.000 refugiados viven en una zona casi desértica, con temperaturas que superan los 40 grados en verano y en donde las lluvias anegan las barriadas de fango en invierno.

El hangar donde los chavales (niños) aprenden organización y disciplina se encuentra en los límites del campamento, al final de una calle principal que curiosamente han denominado Campos Elíseos. El paseo está lleno de pequeños locales donde los sirios ejercitan sus dotes ancestrales de diestros comerciantes. Los alumnos, montados en el todoterreno que los recoge cada día a primera hora de la mañana, cantan letras revolucionarias hasta cruzar la puerta de acceso al recinto: la Academia de Taekwondo.

“Venga, vete ya Bashar”, “Mejor morir que vivir arrodillado”, gritan dando palmas.

La mayoría son niños de Dará, la ciudad siria más cerca de la frontera y el catalizador de la primera sublevación social contra el régimen de Bashar al Asad en marzo del 2011. Ellos fueron los que pintaron en el muro de un colegio “el pueblo quiere la caída del régimen” y ellos los que sufrieron la primera represión. Salieron del país mucho antes de que la lucha se volviera armada o que oyeran hablar de las siglas Daesh (o ISIS, como se conoce al Estado Islámico en Occidente). Son blancos, inocentes, como los cinturones que cuelgan en torno a sus pequeñas cinturas.

 

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La Semilla

El Doctor Lee Chul Soo es el responsable de la Academia de Taekwondo de Zaatari, fundada a principios del 2013. Este surcoreano enamorado de Oriente Próximo lleva trabajando en la zona desde hace una década. Cuenta que en 2008 se encontraba en Gaza durante la operación del Ejército Israelí Plomo Fundido. Cuando todos los extranjeros habían huido, el Doctor Lee comunicó por teléfono a su mujer que se quedaba como escudo humano para proteger a los palestinos. La señora Lee decidió que prefería morir junto a su marido que no volverlo a ver. Meses después fueron expulsados de los territorios palestinos y tienen prohibido el acceso a la franja durante 5 años.

Mientras esperan para regresar, Lee pasó a ser el representante de la Korea Food for the Hungry International en Jordania y visitó el campo de Zaatari. Al volver a Seúl, días después, no pudo dormir pensando en esos niños. Nada más volver al campo firmó el contrato para comenzar el proyecto de este arte marcial transformado en deporte olímpico de combate desde 1988.

“Yo nunca tuve relación con el Taekwondo, sólo pensé que sería una buena idea inculcar valores a los niños a través de él”, confiesa Lee.

 

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La Organización

“Quitaros las zapatillas”, advierte un profesor sirio a los pequeños. Un tapón de marea blanca de kimonos se descalza rápidamente en la esquina izquierda del local, donde también hay una garrafa de agua y vasos de plástico. Las sandalias grises con ronchas de barro se amontonan sobre el frío suelo de cemento, algunas quedan colgando entre la pared y la viga de metal que sostiene la estructura. Los niños entrenan con pies desnudos.

Se dividen por el grado de conocimiento, representado por los colores de sus cinturones. A la izquierda, los que están empezando. No llevan kimono, pero algunos ya tienen el cinturón blanco colgando por encima de la ropa.

Dos estudiantes de cinturón rojo se colocan en frente, serán sus tutores durante el entrenamiento. A la derecha, los alumnos aventajados, los que han ido adquiriendo la vestimenta federada del WTF (World Taekwondo Federation).

El Master en Taekwondo, Sejong Lee, empieza el calentamiento. Este maestro surcoreano llegó al campo hace tan sólo 4 meses. Días antes de su llegada, planeaba mudarse a Singapur, donde le habían ofrecido un puesto de trabajo de alta remuneración para enseñar este deporte. Con el billete comprado y las maletas preparadas, un día antes conoció en Seúl al Doctor Lee y su vida dio un giro de 180 grados. “Me dijo que sería un trabajo voluntario, sin salario, pero que unos niños me necesitaban. Acepté de inmediato”, cuenta Sejong. “No me arrepiento. Aquí tengo una familia”, reconoce sonriendo.

 

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La Filosofía

“Aunque los veas dar patadas y lanzar puños al aire, les enseñamos este arte marcial para fortalecerlos mental y físicamente, no para pelear. Es un deporte de defensa”, señala el doctor Lee mientras los tutores sirios atan los protectores de pecho a la espalda y colocan los cascos en la cabeza a los niños. “Mi idea es formar a futuros líderes, transformar la violencia que ha ejercido el conflicto en sus infancias, canalizar la rabia en algo positivo. Y ya hay resultados: los niños que llevan dos años son más disciplinados y han recuperado la autoestima”, afirma Lee.

La influencia de la filosofía del Taekwondo es notable en las actividades de los pequeños. “No comeré si no he querido trabajar”, “trabajo cuatro horas y sólo como una ración” son lemas que deben memorizar y que inciden especialmente en el rendimiento y la eficacia, algo muy característico del lugar donde nació este arte marcial, en Corea.

La cortesía y el autocontrol también están muy presentes durante los ejercicios. A los maestros hay que saludarlos con la reverencia correspondiente, inclinando mucho el cuerpo hacia abajo en señal de respeto. Y las patadas, también llamadas chagui, así como otras técnicas de golpes, bloqueos, posiciones o defensa personal, están enfocadas al autocontrol. Nada de lo aprendido debe ser utilizado para golpear a un compañero. Esta y otras normas están recogidas en el “Reglamentos y leyes para el espíritu deportivo durante el entrenamiento”, un conjunto de 18 puntos que repiten todos los días antes de entrenar.

 

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El Sueño

La ilusión de todos los alumnos es participar en los Juegos Olímpicos. Un deseo demasiado ambicioso quizá para unos niños que viven en un campamento de refugiados. Pero no tan lejano para varios responsables del proyecto que ya han empezado a formalizar las actividades deportivas y equipar a los estudiantes con material federado para eliminar cualquier obstáculo que impidiera convertirlo en realidad.

Los responsables de la cooperación coreana están proyectando en torno a la academia unas instalaciones que se acompasen con el futuro incierto de Zaatari. David Choi, el jefe de comunicación, sale del hangar y señala la tierra arenosa y suelta por el viento de alrededor: “En torno al campo vamos a comprar parcelas para que los sirios puedan sembrarlas. Y así acabar un poco con su hastío”. El Gobierno jordano no permite a los refugiados trabajar: no reconoce su estatuto particular. Teme que la economía se hunda por los más de 600.000 sirios que hay en el país.

Además, en esa misma tierra de paso, Choi dibuja mentalmente los edificios donde quieren construir un centro de formación profesional para que los jóvenes de 18 años puedan continuar sus estudios. “Otras ONG buscan becas para que los chicos se marchen al extranjero”, narra Choi, “nosotros, no: queremos que se queden en Zaatari y puedan estudiar materias para que sean ellos mismos quienes gestionen el campo”.

El responsable de comunicación enumera qué tiene en mente: estudios sobre instalaciones eléctricas, de agua, de gestión de residuos; relacionados con la educación y la sanidad; y su lista no se agota. Choi quiere convencer a los sirios que la guerra va a ser larga. Bashar al Asad no se fue, ni le derrocan y, desgraciadamente, Zaatari ya es su ciudad: la ciudad de los sirios en Jordania.

Los chavales empiezan a abrirse camino hacia la madurez y son conscientes de la expectación que genera el deporte. “Cuando vuelva a Siria, quiero ser profesor de Taekwondo”, es alguno de los deseos de los más aventajados. Pero hay otros menos afortunados que tienen que ayudar a sus familias transportando las carretillas hacia el mercado y faltan a las clases entre semana. Y hay otros que no vuelven porque sus familias han decidido regresar a Siria.

Gracias al Taekwondo, sirios como Al Barakat permanecen en Zaatari pese a la sensación de estancamiento que genera vivir en el exilio. Gracias a su dedicación, este educador no sólo mantiene a salvo a su familia sino que contribuye a convertir a las víctimas de la guerra en la futura generación del cambio.

 

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Laila Muharram Rey y Daniel Rivas Pacheco
Vídeo y Fotos: Javi Julio de NervioFoto
MasTKD.com
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