Dos años después, los efectos de la dieta pasaron y volví a recaer en la, cada vez más popular, moda de la gordura. Solía ir a clases de inglés por la tarde y de ahí caminar a las ‘maquinitas’ junto con un amigo a esperar a que pasaran por mí. Esa rutina la seguí durante mucho tiempo hasta que un día mi amigo llegó con una frase que se encargó de romperme el corazón y hacerme sentir que la vida no valía nada: “Ya no voy a poder ir a jugar maquinitas contigo porque me acaban de inscribir al Taekwondo”. Pero eso no fue todo, después de semejante puñalada por la espalda, todavía tuvo el cinismo de agregar: “Deberías meterte también, está bien padre”. La amistad de años que habíamos tenido hasta entonces fue la encargada de contener mis ganas de romperle la nariz en ese instante y gritarle “¡Cómo te atreves, hemos terminado!”, en lugar de eso me retiré en silencio diciéndole que lo iba a pensar y repitiendo entre dientes “Pero hay un Dios…”

Una semana, tres películas de las aventuras de Daniel LaRusso con el Señor Miyagui (Quienes nacieron en los 90’s tal vez no están familiarizados con estos dos personajes, récenle a San Google) y ocho litros de helado napolitano después, me armé de valor para pedirle a mis padres permiso (Y dinero) para inscribirme a las clases de Taekwondo.

Ambos se voltearon a ver, acto seguido voltearon a ver mi panza y recordaron mi problema con la moda de aquellos años. Mi madre tomó la palabra para darme la última de las advertencias antes de irme a inscribir: “Te vamos a dejar meterte, pero no voy a dejar que te salgas hasta que llegues a la cinta negra”. Tomé el dinero. En el camino a la escuela recordaba la advertencia de mi madre y me daban ganas de desviarme un poquito hacia las maquinitas, gastarme el dinero y regresar a casa diciendo que ya no estaban aceptando estudiantes. Cabe señalar que para esas fechas, nunca había tenido tanto dinero en mis manos (300 pesos mexicanos, o algo así), pensé también en huir del pueblo e iniciar una nueva vida… Bajo el mar.

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Pero no, el destino me llevó exactamente a la puerta del “Instituto de Taekwondo Puma”. Cuando entré, estaban haciendo combate y yo jamás había visto nada igual. Me emocioné como se emociona un hipopótamo sediento durante la temporada de lluvias. Pagué, me dieron mi uniforme y regrese a casa a practicar la patada de la grulla toda la tarde con las macetas colgantes que tenía mi mamá en el patio, jamás me salió.

Días después ya estaba entrenando junto con mi amigo que me acompañaba a los videojuegos, su hermana, su prima y mi hermana. La verdad éramos cinco amigos de 11 años con muchísimas ideas en la cabeza y tomar el entrenamiento en serio no era una de ellas. Lo mejor de todo era que el resto del grupo pensaba más o menos igual. Poco a poco mi obesidad dejó de ser un problema.

Al pasar los años, todos los anteriormente mencionados fueron abandonando el deporte, algunos volvieron después, otros nunca regresaron. De la generación que inició junto a mí, sólo yo llegué a cinta negra en el tiempo natural que debe transcurrir. El día que terminó mi examen, me acordé de la advertencia de mi mamá y pensé “¡JA, lo hice!”.

Muchas aventuras ocurrieron en el camino a cinta negra y muchas más después del examen de Primer Dan… Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

¿Cómo iniciaste tú? Platícanoslo en la sección de comentarios, o bien por los canales de contacto en las redes sociales.

Quisiera utilizar este espacio para felicitar a todos aquellos atletas que consiguieron un boleto para su país en el Pre-Olímpico de Bakú. Aprovecho también para informarles a quienes le ganaron a los mexicanos que una maldición gitana ha caído sobre ustedes, disculpe las molestias que esto le ocasiona.

La próxima semana hablaré sobre mi problema de adicción a las drogas, no se lo pueden perder.

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@ChavaPerezFauno

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